Salvador Rueda Smithers: El Castillo de Chapultepec, majestuoso testigo del tiempo

Culturahace 6 meses375 Vistas

Museo Nacional de Historia @museodehistoria

Por Mariesta García @mariesta.garcia

Fotografía: Constanza Martínez @constanzamartinezg

Rojos, verdes, blancos y azules forman rostros expectantes. El águila erguida con alas abiertas a nuestra patria domina la escena. Imponentes colores y vibrantes imágenes transportan al observador a ser testigo del momento de la creación de la Constitución Mexicana de 1917, plasmados por Jorge González Camarena en 1967 en un majestuoso mural albergado en el Museo Nacional de Historia  de la Ciudad de México, El Castillo de Chapultepec. En el centro de esta obra, Carranza aparece visionario, con una expresión adusta y esperanzada, con la pluma diligente en la mano, plasmando los derechos y obligaciones que definirían la Constitución.

Frente a este mural, posando entre la historia y el arte, encontramos a Salvador Rueda Smithers, director por tercera vez de este emblemático recinto. Historiador por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y maestro en historia del arte por la Universidad Iberoamericana, Salvador posee la calidez de los grandes académicos, ese hablar pausado y profundo que envuelve cada palabra con sentido y emoción. Nos recibe primero en su oficina, un espacio cargado de libros y madera antigua, un lugar que huele a historia y memoria. Ahí comenzamos a caminar por la narrativa viva que ha construido a lo largo de los años, mientras nos guiaba hacia la sala de juntas que en otra época fue residencia del Colegio Militar, despacho de gobernación y residencia presidencial.

Salvador nos habla de sus primeros pasos hacia la historia con una mezcla de nostalgia y entusiasmo:

“El momento más claro en que supe que quería ser historiador… tenía alguna idea porque un tío mío me regaló un libro sobre Egipto antiguo, y mi papá era muy aficionado a la historia militar. Siempre nos llevaba libros y revistas a mi hermano, a mi hermana y a mí. Yo era el más flojo, pero tenía ganas de estudiar sobre todo paleoantropología. Eso era lo que quería, pero no sabía ni dónde, ni siquiera si eso existía en México. Quería saber sobre el hombre prehistórico, era una idea fija.”

 

“Este museo es un ser vivo, respira historia, respira vida.”

Recuerda cómo su hermana le acercó la obra de Miguel León Portilla ¨Los Antiguos Mexicanos¨ , que cambió para siempre su rumbo:

“Mi hermana me dijo ‘creo que este libro te va a gustar’ y lo empecé a leer y leer, no sé cuántas veces. Dije no, yo quiero ser esto, no un paleoantropólogo, sino historia de las culturas indígenas. Lo que ahora entenderíamos como un etno-historiador. Y así fue como me clavé.”

Y es justo en estas primeras experiencias, donde Salvador va más allá de la historia de los objetos y de las tradiciones, sino que siente una llamada más profunda: comprender el alma de México, en sus pequeños gestos, en la vida civil, en las costumbres cotidianas que persisten a lo largo de los siglos. Esta mirada humana, casi poética, será la que define su labor como director del Castillo de Chapultepec.

Durante sus años de estudiante, Salvador participó en historia oral con veteranos zapatistas, descubriendo la continuidad cultural que atraviesa siglos y conecta lo prehispánico con la vida contemporánea:

“Lo que realmente me ha interesado es ver cómo hay un hilo de continuidad cultural que va probablemente del siglo XV hasta el día de hoy, empezando por la alimentación, ciertas maneras de sembrar, ciertas maneras de relacionarse con las plantas, con el maíz, con la tortilla, con el chile, con la calabaza y con la milpa, con los dioses, con los otros, con la tierra. Ahí fue donde ya me clavé y de ahí me seguí; la paleontología por supuesto quedó como un sueño… no existió.”

Y es justo en esta mirada humana y casi poética, en la que Salvador encontró su vocación, donde comienza a comprender que el Castillo de Chapultepec no es solo un edificio, sino un organismo vivo que respira historia. Cada piedra, cada sala, cada mural y cada objeto contienen ecos de épocas pasadas, de decisiones políticas y de vidas humanas entrelazadas con la memoria colectiva. Caminando por los pasillos, nos revela que su labor no se limita a la conservación de objetos, sino al diálogo constante con la historia misma.

“Ha sido una relación de puro amor. Yo sí siento que está vivo y que respira, y que es generoso, y que nosotros creemos que puede ser eterno, pero sus piedras se pueden enfermar, entonces nuestro trabajo es cuidarlas, y cuidar lo que está ahí y nutrirlo…”

Mientras recorremos las salas, Salvador nos habla de los detalles que muchos visitantes podrían pasar por alto, de la importancia de cada elemento: los vidrios de las ventanas, los muebles, los objetos de colección.

“De pronto mi euforia por hacer que el museo crezca hace que se me olvide que el museo tiene un espacio físico y límites físicos; como todo ser físico respira y le puede hacer daño, le da gripa, se le mete el agua, entonces hay un grupo siempre dando mantenimiento, todos los días; tienes aquí 4,464 vidrios que tienen que estar limpios. Tiene días de visita donde vienen 20,000 personas y todos entran al baño, el baño tiene que estar impecable, eso es lo que te preocupa del día a día. La administración del museo, a pesar de que pareciera ser un asunto secundario, en realidad es básico porque te permite hacer las demás cosas.”

“Cada sala, cada vitral, cada pieza es parte de un organismo que respira historia. El Castillo no es un lugar donde la historia se exhibe estática, es un lugar donde la historia se siente, se percibe, se vive.”

Y es en este equilibrio entre la pasión por los objetos y la vida cotidiana del museo donde Salvador revela la esencia de su relación con el Castillo. Cada rincón es un mensaje, cada objeto una historia que necesita ser descifrada, un lenguaje que comunica algo más profundo que la mera estética. Nos conduce al Bosque de Chapultepec, que para muchos es solo un parque, pero para él es un ecosistema cargado de memoria, historia y posibilidades.

 

“Hace años, el Bosque no era lo que ustedes ven. Más o menos en los años en que ustedes nacieron, el Bosque se reducía al cerro hacia el lago, algunos árboles, ahuehuetes enfermos, y no había un catálogo o relación de qué tipo de árboles había. Llegaron a sembrar de chile, de dulce y de manteca en todos lados. Aquí, por ejemplo, encuentran tres o cuatro tipos de árboles que no son de Chapultepec, ¡hay hasta palmeras! Hay árboles que realmente no sustentan pájaros, y hay otros que llegan a tener pájaros carpinteros en temporadas. Últimamente ha habido una proliferación de distintos tipos de aves porque hemos buscado quitar plantas dañinas. Todos estos arbolitos tienen una guía, un número de catálogo, entonces sabemos que hay tres mil y cacho de árboles y cuáles son, en qué estado están.”

Observa el Bosque con una mirada paciente, consciente de que su historia no se limita a lo visible, sino que se extiende al suelo, al agua, a la flora y a la fauna. La sustentabilidad, nos explica, es un proyecto que debe respetar la naturaleza intrínseca del lugar y aprovecharla como un ejemplo de ecología y enseñanza.

“El peor enemigo de un museo es el fuego, y si estás en medio del bosque, siempre corres un riesgo alto. La clave está en que la primera sección del Bosque, la más antigua, tiene una naturaleza: el agua baja de la zona oriente hacia el poniente, y si respetamos este tipo de cosas, podemos hacer con el Bosque muchas cosas; no solo un corredor cultural, sino un ejemplo de ecología, de respeto, de enseñanza, de museos abiertos. Hay muchas potencialidades ahí.”

Cada paso, cada palabra, revela que Salvador concibe el Castillo como un organismo vivo que debe cuidarse, que requiere atención diaria y un diálogo constante entre historia, naturaleza y visitantes. Nos muestra cómo cada objeto y cada obra son metáforas de la vida civil, y cómo la historia no solo se transmite a través de grandes eventos bélicos, sino también a través de la vida cotidiana:

“Yo veo los objetos y no solo pienso en su valor histórico, sino en lo que dicen sobre la vida de quienes los usaron. Por ejemplo, un vestido de finales del siglo XVIII que probablemente usó una muchacha de 13 o 14 años, cargado de bordados de hilos de oro, de plata, de lentejuelas de plata, pesa 20 kg. Para poder usar eso, además de la ropa interior y adornos como pulseras, aretes, tocado, si usaba peluca o no, el abanico… la muchacha debió estar recargada en un taburete o sentada en un almohadón. Ese vestido lo pusimos junto a uno de 1964, del tipo de moda que hacía Andy Warhol, hecho de papel aluminio y que pesa 800 g. La diferencia entre una y otra, está en el uso del cuerpo. Esa es la historia que me interesa.”

Salvador insiste en que la historia debe ser entendida no sólo a través de hechos bélicos, sino desde la perspectiva de la vida civil y la interacción entre las personas:

“Lo que me interesa es que se entienda más que Zapata era un civil en armas; un revolucionario que busca, a través de la aplicación de leyes y la administración de justicia, abatir, no la pobreza, sino la injusticia, que hacía que la gente no fuera feliz. Me interesa mucho más la vida social que la parte bélica.”

Su mirada se extiende más allá de los objetos; busca la memoria viva en los pequeños detalles, en los gestos humanos que permanecen a lo largo de los siglos. Cada mural, cada pieza, cada sala es un diálogo con el pasado y un espejo que permite comprender el presente:

“Yo quisiera quitar todas las cédulas del museo, y que solamente hubiera objetos, y bajas en tu aparatito una aplicación que te explica qué es, pero que lo estés oyendo, que ni siquiera tengas que leerlo, y te explique otras cosas, mientras estás viendo un objeto que te transmite una historia. Llegas a un museo no a pasear sino a hacer un esfuerzo intelectual.”

En este recorrido, se hace evidente que para Salvador el museo es más que un espacio de exposición: es un laboratorio de memoria, reflexión y aprendizaje, un lugar donde la historia se experimenta como un fenómeno vivo, donde cada visitante puede establecer un diálogo con el pasado y descubrir resonancias en su propia vida.

Salvador nos conduce por los pasillos y salas con una mezcla de curiosidad y reverencia, como si cada objeto, cada mural y cada vitral fuera un interlocutor vivo. Su mirada se detiene en un rincón y nos comenta sobre los mitos que envuelven al Castillo, y en particular, la historia de los Niños Héroes:

“Sí, yo no lo manejaría tanto como mitos, sino como leyendas y lo que ahora llamamos, para suavizar, leyendas urbanas, es decir, falsedades. Efectivamente, aquí murieron los cadetes, de eso no cabe duda, lo que no es probable es que Juan Escutia se haya amarrado la bandera para aventarse, porque ese suceso fue real pero en la Batalla de Molino del Rey con Margarito Suazo, que era un teniente, no un cadete, se amarra la bandera a la cintura y en el castellano de aquella época se decía ‘se arroja’, es decir que se avienta contra el enemigo, no que se haya aventado. Eso está en la crónica de Guillermo Prieto, quien años después escribió ‘La Historia Patria de los Cadetes’. Empezó ahí la leyenda y jamás imaginaron que se convertiría en una historia de patriotismo nacional. La muerte de Juan Escutia fue menos épica, pero igualmente heroica; murió en el hospital debido a septicemia por sus heridas.”

Mientras caminamos, Salvador nos habla de las colecciones que más le conmueven, aquellas que en su opinión transmiten mensajes profundos sobre la historia civil y la vida cotidiana:

“Así como les dije lo de la paleontología, yo soy un tipo raro. El pañuelo en el que estaban los huesos de Hernán Cortés, para mí es una cosa que ya queda un girón, eso me gusta mucho. Una caja de puros que tenía Porfirio Díaz, con hilos de oro representando símbolos del progreso: máquina de vapor para río, ferrocarril de vapor, henequén y plantas, y una cornucopia, me parece hermosísima, está en la sala introductoria. El óleo de la Ciudad de México de mediados del siglo XVIII en la sala 2 me parece magnífico; junto hay un bautizo que, aunque parece no decir nada, me cuenta mucho sobre cómo entendieron la Conquista en el periodo barroco. No podemos leerlo hoy porque ese código ya se olvidó, entonces nos cuesta interpretarlo; su intención no era parecer bonita, sino contarte cosas, y ese tipo de asuntos son los que a mí me gustan.”

“El Castillo es un corazón que late con cada objeto, con cada mural, con cada visitante que se detiene a mirar y a escuchar. Lo que buscamos es que la gente no solo vea, sino que sienta, que piense, que se reconozca en estas paredes y en estas piedras.”

 

Se detiene frente a un mural y su entusiasmo se refleja en cada palabra:

“Para mí, la parte más gloriosa tiene que ver con toda esta línea de 1947 a 1980, cuando se hacen cuadros y murales con intenciones didácticas: González Orozco, José Clemente Orozco, Siqueiros, O’Gorman, Gabriel Flores, Dr. Atl, y ahora una obra de gran formato que nos donó Karla de Lara, pintora jalisciense. Esas son las partes realmente maravillosas, cuando el artista plástico está en proceso de enseñarte con presencias y ausencias lo que puede ser la historia de México. Por ejemplo, en un mural de Flores, donde está cayendo un niño héroe que es un Ícaro, tú ya sabes la historia; el muchacho va volando, diez segundos después está estrellado en el piso. Dos minutos antes decidió aventarse, y ese es el momento heroico que no está; no ves la presencia de los estadounidenses, pero ya sabes la historia, y esa ausencia te arma el resto del relato.”

Su mirada se suaviza cuando nos habla de cómo observa los detalles que otros podrían pasar por alto:

“Aunque estudié historia del arte, pienso como historiador. Vemos un retrato y no solo su estética: trae este tipo de adorno, un tatuaje… eso dice algo de la persona. No estoy viendo la parte estética sino qué estás queriendo decir. Con ese lenguaje puedo decidir en qué parte del museo vas; el museo es metafórico. Si subes tus tenis a esta mesa, pienso: ‘esta niña algo trae, no está muy cuerda’. Pero si subes los zapatos de Porfirio Díaz al comedor del museo, lo que usas es una metáfora que leo perfectamente.”

La conversación se adentra en los libros que Salvador ha escrito, y cómo estos reflejan su pasión por la historia civil y la oralidad:

“Hay dos que me gustan mucho. Uno es de historia oral, de una familia que cuenta la vida política de México desde Juárez hasta Miguel de la Madrid, ‘Un México a través de los Prieto’. Es historia oral, no hay nada falso; solo lo editamos. Otro es ‘El Diablo de la Semana Santa’, sobre un asesinato en la hoy Casa Boker, donde un diputado fue apuñalado. Todo se revuelve, porque acababa de hacer declaraciones contra el futuro candidato a la presidencia. Esto sirvió para armar la vida política y judicial, ver cómo se mezclaba lo médico con lo policiaco y lo político, inicio de la nota roja en México.”

Salvador nos recuerda que la historia no es solo el relato oficial de guerras y batallas, sino la vida civil que construye la memoria colectiva:

“Yo hago una distinción sutil: la historia siempre está, lo que se difunde son datos. La manera de difundir la información es lo que ha cambiado, pero la historia la traes en la mente, el virus de la historia está ahí. Incluso un tatuaje tiene una historia: quién lo decidió, por qué en esa muñeca, por qué ese tamaño… Ya estás haciendo toda una historia sobre eso. Lo que ha cambiado son las maneras de difundir y valorar los hechos históricos. Antes, el motor de la historia eran los acontecimientos bélicos; hoy nos interesa más la vida civil.”

Se detiene, respirando hondo, como ponderando la magnitud del Castillo y su responsabilidad como director:

“Ha sido una relación de puro amor. Yo sí siento que el Castillo está vivo, que respira y es generoso. Creemos que puede ser eterno, pero sus piedras se pueden enfermar. Nuestro trabajo es cuidarlas, cuidar lo que está ahí, nutrirlo… A veces me paso de generoso, como cuando consigo cosas para la colección y olvido que el museo tiene límites físicos. De pronto mi euforia hace que se me olvide que el espacio físico tiene restricciones; como todo ser físico respira y puede enfermar, le da gripa, se le mete el agua, y entonces hay un grupo siempre dando mantenimiento, todos los días.”

Y es precisamente esta mirada la que conecta con su idea de difundir la historia de forma viva:

“Yo quisiera quitar todas las cédulas del museo, y que solo hubiera objetos. Bajas en tu aparato una aplicación que te explica qué es, pero que lo estés oyendo, ni siquiera leerlo, y te explica otras cosas, mientras estás viendo un objeto que te transmite una historia. Llegas a un museo no a pasear sino a hacer un esfuerzo intelectual. Cada objeto tiene una historia, cada mural tiene un mensaje; es un laboratorio de memoria, reflexión y aprendizaje.”

Salvador se detiene frente a un vitral, iluminado por la luz del sol. Sus palabras finales sobre el Castillo resumen la conexión vital que tiene con él:

“Este museo es un ser vivo, respira historia, respira vida. Los murales, los objetos, las salas, todo habla de la historia civil, de la vida cotidiana, de cómo los mexicanos nos hemos relacionado entre nosotros y con nuestro entorno. Lo que me interesa es que el visitante vea la historia no como hechos aislados, sino como un tejido de vidas, decisiones, objetos, costumbres, gestos, ropa, muebles… Eso es lo que nos da humanidad y continuidad, y eso es lo que quiero que permanezca en el Castillo de Chapultepec. Es un diálogo entre generaciones, entre el pasado y el presente, un lugar donde la historia no solo se estudia, sino que se siente, se comprende y se vive.”

“Yo veo la historia como un laboratorio donde el arte y la antropología se encuentran. Un vestido bordado no es solo un vestido; es un texto, un documento antropológico que nos habla de la vida de quienes lo usaron, de sus costumbres, de la sociedad que lo produjo.”

 

Mientras seguimos recorriendo el Castillo, Salvador nos habla de la estética de los murales, de cómo cada trazo y cada color está pensado para transmitir más que una escena histórica:

“Lo que me interesa de los murales es cómo la historia se hace visual, cómo la narrativa histórica se convierte en lenguaje plástico. Cuando ves a Orozco o a González Camarena, no estás solo viendo un evento, estás viendo la vida civil, el dolor, la esperanza, la fuerza de la gente, la construcción de la identidad. La estética está al servicio de la memoria, y cada elemento pictórico tiene un significado; los colores, las líneas, la posición de las figuras… todo habla, y si uno sabe mirar, incluso el espacio vacío te dice algo.”

Salvador se detiene frente a sus objetos favoritos, los que considera más reveladores sobre la vida cotidiana y la historia de México:

“Hay cosas que me vuelven loco… como un juego de ajedrez del siglo XVIII, hecho de madera y marfil, con piezas talladas como pequeños nobles y plebeyos. O la colección de relojes de bolsillo que pertenecieron a personajes del siglo XIX, que no solo indican la hora sino cómo entendían el tiempo, la puntualidad, la rutina. Cada objeto tiene vida propia, cada pieza es un testimonio de la cultura material, de la manera en que la gente vivía, se relacionaba y se imaginaba el mundo.”

Nos habla entonces de la relación entre historia, arte y antropología, que para él no están separadas sino entrelazadas en un diálogo continuo:

“Yo veo la historia como un laboratorio donde el arte y la antropología se encuentran. Un vestido bordado no es solo un vestido; es un texto, un documento antropológico que nos habla de la vida de quienes lo usaron, de sus costumbres, de la sociedad que lo produjo. Cada objeto, cada mural, cada escultura tiene un significado que se entiende solo si lo abordas con sensibilidad histórica, artística y antropológica al mismo tiempo.”

Y es justo esta visión la que lo lleva a entender el Castillo como una memoria viva, no como un museo congelado:

“Cada sala, cada vitral, cada pieza es parte de un organismo que respira historia. El Castillo no es un lugar donde la historia se exhibe estática, es un lugar donde la historia se siente, se percibe, se vive. Y esa vitalidad depende de nosotros, de cómo cuidamos los objetos, de cómo contamos las historias, de cómo integramos la vida civil con los acontecimientos bélicos. La historia no se limita a los héroes y las batallas; la historia está en la gente, en su rutina, en sus decisiones, en los gestos más simples.”

Mientras nos despedimos de los pasillos cargados de memoria, Salvador nos deja con una reflexión que condensa su visión del Castillo y de la historia mexicana:

“El Castillo es un corazón que late con cada objeto, con cada mural, con cada visitante que se detiene a mirar y a escuchar. Lo que buscamos es que la gente no solo vea, sino que sienta, que piense, que se reconozca en estas paredes y en estas piedras. La historia civil es tan heroica como la bélica, y el arte, los objetos y la arquitectura nos permiten vivirla, comprenderla y transmitirla. Aquí no solo se guarda memoria; aquí se crea diálogo, se construye identidad, se despierta conciencia.”

“Lo que me interesa de los murales es cómo la historia se hace visual, cómo la narrativa histórica se convierte en lenguaje plástico. Cuando ves a Orozco o a González Camarena, no estás solo viendo un evento, estás viendo la vida civil, el dolor, la esperanza, la fuerza de la gente, la construcción de la identidad. La estética está al servicio de la memoria, y cada elemento pictórico tiene un significado; los colores, las líneas, la posición de las figuras… todo habla, y si uno sabe mirar, incluso el espacio vacío te dice algo.”

Finalmente, al mirar el Castillo desde los jardines, su voz se suaviza, pero se percibe la fuerza de su convicción:

“Este lugar respira historia, y nosotros respiramos con él. Cada visitante es un eco que revive lo que pasó, y cada objeto es un puente hacia el futuro. No hay historia sin vida, ni vida sin memoria. Y si entendemos eso, si logramos sentir la historia como un organismo vivo, entonces el Castillo de Chapultepec no solo será un museo: será un corazón abierto, latiendo con México, con sus recuerdos, sus sueños y sus posibilidades infinitas.”

Salvador, después de nuestra charla, nos llevó a apreciar con él los vitrales, los murales y ciertas partes del museo, a través de míticos pasajes, incluida la curaduría, que se encuentra en las que eran las cocinas del Castillo. Sin duda una experiencia inolvidable y así nos despedimos agradecidos por la oportunidad más allá de la entrevista, de la generosidad de Salvador al compartirse en este día con nosotros. Gracias infinitas de parte del equipo de Amatl Magazine.

Nota: Esta entrevista fue originalmente realizada para la edición Amatl Ecología. Hoy se comparte nuevamente bajo el sello de Lúmina Taller.

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